En 1863, el escritor satírico francés Albert Robida Vaticinó con singular exactitud lo que serían las transmisiones televisivas: ´Entre las sublimes invenciones con las que el siglo XX se honra, podemos contar con una de las más sorprendentes: el telefonoscopio´. Con él se ve y se oye. La escena misma, con su iluminación, sus decorados y sus actores, aparece sobre la gran placa de cristal con la nitidez de la visión directa. Se asiste realmente a la representación con ojos y oídos. La ilusión es completa, absoluta. Ciertamente, aquella sublime invención fue rebasada con el tiempo hacia convertirse en el instrumento más poderoso de dibulgación del siglo veinte y, en la actualidad, nadie soslayaría su asombrosa fuerza como vehículo transmisor de ideas, conocimientos y sucesos cotidianos entre le gran público, aun frente a la internet, que ha cobrado una poderosa dimensión para el flujo de las comunidades. Con el recurso imponderable de la televisión, en su carácter de potente narrador, y con un leguaje articulado de manera sencilla, en atención a la diversidad de receptores, El Alma de México se propuso alentar la reflexión sobre diversos eventos del pasado mexicano. Así, se revisaron los remotos tiempos prehispánicos -o´amanecer de Mesoamérica´-, el periodo virreinal y el siglo de la Independencia, hasta concluir con la ´herencia viva´ del presente.