No podía dar crédito a sus oídos. Un beduino enturbantado, esbelto y elegante como no había visto otro en su vida, se había acercado a la mesa en la que se encontraba recomponiendo una inscripción y, tras saludarle ceremoniosamente, se había empeñado en comprarle a su hija. Primero le había ofrecido treinta dromedarios, de los mejores, rojos, los más caros, más aún que los blancos, mucho más valiosos que los amarillos o los negros. Todos muy sanos, había repetido varias veces.