Dos apodos apenas separados por un diminutivo deslumbran en el planeta de la danza española durante la primera mitad del siglo XX. Uno de ellos, la Argentinita, evoca pasiones lorquianas y dramas taurinos aún no olvidados. El otro, la Argentina, pertenece a una mujer hoy menos célebre que entregó su cuerpo al demonio de las tablas para convertirse en la bailarina (o bailaora) española más sofisticada e influyente de su tiempo. Y la disyunción (o la ambigüedad) es aquí pertinente porque Antonia Mercé sacó el baile flamenco de los ambientes tabernarios donde ella misma se había cepillado su impecable clasicismo y lo dotó de los atributos estéticos que necesitaba para elevarse a las más altas cumbres escénicas, sin renunciar por ello a la vieja savia gitana. Por otro lado, la fructífera interacción de la Argentina con músicos como Manuel de Falla, escenógrafos como Néstor de la Torre o bailarines míticos como Vicente Escudero la sitúan en una encrucijada decisiva dentro de la cultura.