¿Era Apolo un mal chico? ¿Un gran dios acusado de furor homicida incluso en su propio templo, en Delfos, ese elevado centro de la espiritualidad griega? Los hechos están ahí, abrumadores. Que Apolo tenga debilidad por los jóvenes matarifes, que adore los altares de inmundicias, hechos de sangre, cenizas y humores malolientes, pase. Pero que elogie el cuchillo frente al mundo, que deg?elle personalmente a su enemigo en su propio altar, que en su santuario tenga mesa franca para asesinos y criminales, es ya demasiado. Esquilo lo sabe, y no es el único, Apolo es un dios impuro, exiliado del cielo, un dios que se halla lleno de pasiones turbias. Lo que no le impide ser, al mismo tiempo, el Maestro de las fundaciones, el Señor del Oráculo, el gran Exégeta en la ciudad de Platón. ¿Cómo se cruzan los caminos de la palabra y el cuchillo? ¿Por qué un dios como éste se ve llevado a experimentar la locura del asesinato? Sin embargo, el camino está trazado, en Grecia y en griego arcaico. Sólo hay que seguirlo, desde el primer paso de Apolo sobre el suelo de Delos hasta el brazo armado con el cuchillo en el horizonte del Parnaso. Hay que prestar, sin duda, una enorme atención a los detalles, a los datos concretos, observar las situaciones, los objetos, los gestos, saber que en un régimen politeísta un dios, cualquiera, está siempre en plural, es decir, articulado con otras potencias, atrapado en diversos agrupamientos de dioses, en configuraciones de objetos y situaciones sin las cuales no es nada, o casi nada. Esbozar al Hermoso Homicida de Delfos con sus gestos, sus prácticas, sus instrumentos, es también intentar una aproximación experimental al politeísmo, concebida en el seno de una empresa que pretende la confrontación entre múltiples politeísmos, en la materia y en el estilo en que se forma.