El 20 de diciembre de 1979 fue un día frío y despejado que empezó como cualquier otro. Yo era un psicólogo de treinta y tres años que se desenvolvía bien como director de un programa de apoyo a pacientes externos que habían sufrido maltrato. Tenía la suerte de gozar de una bella esposa y dos hijitas que acababan de empezar el colegio. Tras despedir-me de mi familia a las siete y media de la mañana, crucé el césped helado y subí a mi Dodge Dart. Aún oigo el crujido del césped bajo mis pies, lo recuerdo porque esos fueron los últimos pasos que di. Una hora después, mientras conducía por la autopista de Pensilvania, alcé la vista a tiempo de ver cómo un inmenso objeto negro se precipitaba sobre mi parabrisas. Solo recuerdo que, a continuación, al despertarme en el hospital Ephrata, me enteré de que era tetrapléjico.