Mientras el suave gris del atardecer se tor negro, el Papa Benedicto XVI se aproxima al templete ilumido que había sido, literalmente, diseñado para su predecesor. La pequeña carava de automóviles serpentea a través de un vasto campo abierto repleto con casi un millón de jóvenes. Mientras el tañer amplificado de u campa gigante se mezcla con el sonido distante de la sire de u ambulancia, pequeñas candelas diamantis centellean a lo largo de la mancha huma. Unos fieles aplauden y gritan ante la imagen del pontífice que aparece en la pantalla gigante de video, en tanto que otros juntan las manos en oración. Este es el tipo de vibrante espectáculo espiritual, llevado por la televisión en vivo a todo el mundo, que Juan Pablo II introdujo tan audazmente en la liturgia roma católica, con siglos de antig?edad. La celebración del Día Mundial de la Juventud, en Colonia, fue la última cita a la que el pontífice trotamundos no pudo llegar.