´Mi padre y mi madre esconden ahs arriba periódicos y armas, pero yo no debo decir nada. La gente no sabe que a nosotros. sólo a nosotros, nos han forzado a entrar en guerra. No lo entenderian. No por el momento. al menos´, dice una niña de apenas siete afros. Es 1915, y ella vive en La Plata con su madre. que debe evitar la calle: tiene pedido de captura y su loin aparece en los diarios. Son tiempos funestos. Hace poco se mudaron de vivienda. y para la niña será un cambio radical descubrirá el secreto, el ende co, y luego el miedo. En el nuevo hogar se crían y venden conejos. Esa es la fachada pública. porque en verdad es una casa clandestina de Montoneros, una de las más sensibles. Allí dentro los nervios y la ansiedad se aplacan limpiando pistolas y fusiles, acomodando granadas. o en nrateadas fugaces y amenas. Los compañeros ya mueren o desaparecen en las calles, y cada semana el ambiente se degrada. La infancia de esa niña declina con el tenor de los adultos, con Rases cargadas de ira. de una lógica que no logra descubrir y que la apremia. Su inocencia se evapora al mismo tiempo que la Argentina se hunde en la violencia. Con una prosa conmovedora pero jamás sentimental, Laura Alcoba escribió una novela que hilvana de manera natural el drama de un pais y el abrupto despertar de una niña a un universo que apenas comprende pero que está obligada a sortear. En esa precoz pericia se juega su futuro, puesto en vilo una y otra vez por los cabos sueltos de la vida en fuga. La casa de las conejos narra de manera ejemplar y emocionante esa odisea: la de alguien que ve cómo avanza el cerco de la muerte, y un día rlescubrira que esas marcas, aquellos aromas. una sonrisa. un momento de pánico. se han vuelto parte esencial de su pasado. Y tarnblén de su presente.