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La erudición de Gould, su fina e implacable ironía, florecen en este texto tan propicio para semejantes atributos, un texto en el que, como es habitual en él, desarrolla sus argumentos apoyándose en ese juez implacable que es la historia, una historia que en esta ocasión se ejemplifica en personajes como el sacerdote Thomas Burneo, los biólogos evolutivos Charles Darwin y Thomas Huxley, el fisiólogo John S. Haldane e, incluso, Galileo.