La historia de la cultura no constituye un mundo aparte dentro del estudio general de las sociedades humanas. Antes bien, representa dentro de ellas uno de los más importantes factores que delimitan su identidad y refuerzan su cohesión social. Hay, en consecuencia, una serie de categorías históricas generales que deben ser puestas de manifiesto con carácter preliminar en el estudio de la cultura y de las mentalidades del siglo XIX y que pueden servir al mismo tiempo de antecedentes explicativos y metodológicos del trabajo que va a seguir. El primera de ellos se refiere al marco geográfico del estudio. El siglo XIX es un siglo europeo por excelencia, en el que este continente llega al culmen de su poderío y en el que expande su influencia por todo el mundo. Este hecho se traduce lógicamente en el plano cultural en una preeminencia, generalmente admitida, de las manifestaciones culturales que tienen su origen y su desarrollo predominante en este continente. Parece lógico que a este dato histórico deba adecuarse también cualquier tipo de enfoque general de la historia cultural. La dimensión universal con que se plantea este estudio vendrá dada, en consecuencia, por lo que puede llamarse el fenómeno cultural de intercambio o relación entre Europa y el resto del mundo, que comprende inseparablemente la expansión universal de los elementos culturales europeos, el impacto sobre la personalidad tradicional de las distintas culturas aborígenes y las modulaciones y matices particulares que en una y otra esfera traducen ese proceso de intercambio.