Los valores y principios que se adhieren al significado de la democracia y las particularidades de la vida asociada que se identifican con ellos -tanto en el plano de sus manifestaciones reales como en el de sus construcciones utópicas- cambian y evolucionan de acuerdo con el contexto en que transcurren. Estos valores y principios se transforman en atención a las realidades que enmarcan las prácticas asociadas, las conductas colectivas, los modos de la producción y el mercado, los tipos de relaciones sociales, los sistemas de distribución de los bienes y el poder, los avances científicos y tecnológicos, las formas de operar de los poderes fácticos, las concepciones públicas sobre el bien, el derecho y la justicia, así como los niveles de conciencia de los individuos sobre sus derechos y obligaciones asociativas, etc. Se modifican, también, de acuerdo con el influjo de la teoría ética, social y política que tales condiciones permiten, promueven o imponen. La noción clásica de la democracia ateniense se parece muy poco a la que concibieron los teóricos que acompañaron a las revoluciones burguesas del siglo XVIII, y ésta casi no puede emparentarse con las ideas contemporáneas con las que otorgamos contenido al mismo vocablo. En los últimos años, la manera de vivir y pensar la democracia ha evolucionado de manera rápida, en concordancia, por supuesto, con los ritmos y al compás que marcan los cambios en las condiciones sociales, políticas, económicas y del conocimiento de esta época.