La evolución del pueblo mexicano ha sido violenta porque se inició con una revolución, ha sido traumática al serle cercenado su territorio por nuestra imprevisión, desunión y debilidad ante la potencia vecina y soberbia, ha sido tenaz en la idea republicana frente a los ensayos imperiales, perseverante en su progreso y desarrollo, frustrante ante la persistencia de la impunidad que protege a la corrupción. La separación entre la Iglesia y el Estado sosegó la etapa de motines, asonadas y golpes de estado, fortaleció a las instituciones públicas, y el nuevo pacto constitucional permitió el progreso y sentó las bases del desarrollo capitalista en el país, labrado con el sudor de los trabajadores y atrapado en la contradicción feudal en el campo. Pocos días previos al estallido social, Justo Sierra en la inauguración de la Universidad Nacional y contrastando con los fastos del régimen, montado en la divisa de poca política y mucha administración, sintetizaba el estado de cosas prevaleciente, afirmando que el pueblo tenía hambre y sed de justicia. Por tal ansia y como corolario de la nueva revolución, el pueblo escribió en su nueva Carta Magna el modelo de su ser y querer ser nacional, haciendo coexistir junto a las decisiones jurídicas y políticas, a las decisiones sociales fundamentales.