Los Diarios de Keith Haring, escritos entre 1977 y 1989 -a partir de los diecinueve años y hasta poco antes de su muerte-, documentan cómo este enfant terrible de la escena internacional se dedicó a estudiar la tradición del arte, valorar la obra de los pintores contemporáneos más grandes y, a un mismo tiempo, buscar con fervor su propio camino. Haring refleja en estos pasajes su desarrollo, influido tanto por Matisse, Alechinsky o Léger como por el antiguo arte de los jeroglíficos egipcios o los medios de comunicación de masas. Otra fuente de la que se nutre es la sexualidad: su pintura, dice él, es energía sexual transformada. Estos escritos íntimos son, a un mismo tiempo, diario de notas, espacio de reflexión, espejo del arte de los ochenta y, también, confrontación con la temática de la homosexualidad y el sida. Keith Haring nos lega con ellos los pensamientos que ocuparon a uno de los artistas más espectaculares de la tardía cultura pop.