Al encarar este trabajo, nos mueve la necesidad de hacer un aporte a la comprensión e información sobre un tema de enorme actualidad, la mayor parte de las veces poco comprendido. La comunidad de software libre, con su sesgo estudiadamente transgresor, ostenta y sobreactúa su inconformismo como un medio eficaz de propaganda y de difusión ideológica. Todas las evidencias apuntan a concluir en que lo están haciendo muy bien, ante la mirada complaciente de muchos que, si analizaran el fenómeno con mayor profundidad, seguramente tomarían partido en sentido contrario. El productor de tecnología (hardware, software, conocimientos, etc.) conoce muy bien el valor de la propiedad intelectual, porque es el que invierte y arriesga para generar valor. Quien ha decidido hacer de la propiedad intelectual su forma de vida conoce mucho mejor que sus abogados la importancia de sus esfuerzos. Todos conocemos instintivamente, con mayor o menor precisión, algunos derechos que tenemos, o deberíamos tener, cuando de desarrollo tecnológico hablamos. Todos tenemos un concepto o un criterio innato de lo que es justo y de lo que no lo es. No es necesario ser un jurisconsulto para intuir nuestros derechos a medida que vamos generando valor con nuestra organización, nuestras inversiones, nuestros esfuerzos, nuestras preocupaciones, nuestros conocimientos, nuestras habilidades. Hace unos meses, uno de esos brillantes clientes nos puso ante una situación complicada, tirando por tierra muchas de las cosas que pensábamos de nosotros mismos y, de alguna manera, dando el puntapié inicial de lo que a la postre sería esta obra.