Gracias a los americanos, por fin, aquel año iba a haber una amnistía muy grande para los procesos políticos y, a lo mejor, mi padre podía salir libre de la prisión y volver a casa. Además, el periódico había anunciado que iba a atracar en el puerto de Málaga, por primera vez, un trasatlántico americano, el King of the Sea, uno de los barcos más grandes del mundo. Eso nos tenía muy intrigados. Por su puesto, mi hermano y yo seguíamos asistiendo después del asqueroso colegio a la playa para que Salvador, el pescador, nos contara historias de cuando era joven y se había embarcado de marinero de cubierta en innumerables buques con los que había estado en los siete mares.