Remontar el cauce hasta las fuentes, reseguirlo por afluentes y meandros, atento a su discurrir plácido o turbulento, y al murmullo de sus ecos. Eso es lo que hace el profesor Rodríguez Adrados en lo que denomina luminosamente el río de la literaturaö: desde su origen en las remotas fuentes indoeuropeas y del Oriente Próximo, a su confluencia en Grecia para avanzar a través del latín hasta la Edad Media y de ahí a las cumbres de Shakespeare y Cervantes.áUn río que, en el fondo, nace de los universales humanos y se nutre necesariamente de la fiesta, porque la literatura viene de y es una fiesta, nos permite descansar y pensar, romper, aunque sea por un momento, los límites angostos en que nos movemos. Y ello siempre y ahora mismoö. Oral en sus inicios -el hombre es tal en tanto que posee lengua y hace un uso literario de ella-, la literatura sigue cursos cíclicos en lugares y momentos distintos de la historia humana, fundiéndose, dispersándose, abriéndose y asimilando voces y formas múltiples, en un recorrido fascinante que remite en última instancia a un origen popular, un sentimiento que es el de todos, todos son en cierto sentido, el autorö.