Como bien apunta Roberto Calasso en el prólogo de esta edición de El único y su propiedad, lo raro en el caso de pensadores como Stirner o Nietzsche sería que sus teorías no se hubieran utilizado para justificar las causas más extremas y disparatadas -recordemos por ejemplo la famosa y burda asociación entre el pensamiento de Nietzsche y el nazismo-.Y es que frente a la manía moderna de clasificar y encasillar todo de la manera más aséptica posible, la aparición de un pensamiento atípico e inquietante, peligrosoö por su capacidad de detonar los cimientos de nuestro ser y de nuestra sociedad, genera tal rechazo que, además de la táctica preferida de ignorarlo, la vía más sencilla para neutralizarlo consiste en asimilarlo a alguno de los moldes conceptuales preestablecidos.áEs el caso de Stirner: su defensa del egoísmo radical, basada de inicio en la idea de que no hay mayores ególatras que Dios y el Estado (pues exigen obediencia y sumisión absolutas e incondicionales), no encaja con las posturas actuales del individualismo a ultranza, que en el nombre de la libertad de acumular en realidad instaura y defiende un régimen que enriquece y beneficia a una élite cada vez más reducida. Stirner contrapone la idea délfica del autoconocimiento a la idea moderna de individuos que actúan como poseídos por el mandato de códigos racionales y seculares que, al perseguir fantasmas, niegan su cuerpo y se niegan a sí mismos, siempre en aras de metas cambiantes que por definición jamás alcanzarán: En el frontispicio de nuestro siglo no se lee ya la máxima délfica: ¡Conócete a ti mismo!, sino: ¡Explótate a ti mismo!ö.