Algunos críticos han querido ver en El Viejo y el Mar una especie de relato autobiográfico de Hemingway, cazador, soldado, pescador, aventurero de los siete mares y de los continentes de nuestro planeta. En efecto, Hemingway fue siempre un hombre ávido de aventuras, de riesgos, de empresas peligrosas. Vivió y murió en su ley. Amaba los espacios abiertos, el mar, la jungla, todo aquello que reportara grandes esfuerzos físicos y espirituales. Para él la vida era una gran milicia, una constante transformación de los seres y las cosas. Había en su interior una voluntad de poder, una aceptación a los grandes desafíos que le imponía la vida. Y precisamente, de esos desafíos, de esas vivencias límite, de esos arduos forcejeos, Hemingway fue sacando su literatura.