Espantapájaros (1932), marca otra faz de la poesía de Girondo, hasta ese momento absorta en el fulgor de las apariencias, retozando entre los decorados de la realidad inmediata. Su desplazamiento era horizontal. Aquí en cambio, comienza a ordenarse en el sentido de la verticalidad, se sitúa entre la tierra y el sueño. En el caligrama que precede al texto, callado homenaje a Apollinaire -Rimbaud y Apollinaire son los mayores anc?tres que Girondo invocaba-, ese rumbo está inequívocamente señalado: ´Y subo las escaleras arriba, y bajo las escaleras abajo´. Doble viaje hacia la profundidad y hacia la culminación del espíritu. El acento cosmopolita en boga en la época (Cendrars, Valéry Larbaud, Apollinaire) tenía ecos en los dos libros iniciales, a través de un temperamento excepcional. Pero todavía los decorados no habían sido trascendidos, continuaban como una frontera, aunque de tanto en tanto su autenticidad era puesta en duda: ´La ciudad imita en cartón una ciudad de pórfido´, ´Se respira una brisa de tarjeta postal´.