Lo obvio debería ser el objeto de una rigurosa contemplación antes que ser despachado con una simple ojeada. Bajo esa hipótesis, toda evidencia lógica o científica debería parecernos sospechosa, algo en ella invita a archivarla en la carpeta de misterios no resueltos hasta que pueda revelarnos, poco a poco, su secreto a voces. Ninguna evidencia busca ser conquistada, sino descubierta. No basta el sentido común para captar la esencia de lo obvio: se requiere de un sexto sentido (la persona entera) que integre y agudice los cinco sentidos restantes para poder observar lo evidente. Paul Valéry escribió que ?la piel es lo más profundo que hay en el hombre?. Por eso, una obviedad dicha u oída resulta entrañable: porque genera una conmovedora igualdad de condiciones. Quienes la dicen y oyen -ricos y pobres, ilustrados y analfabetas- se comunican automáticamente a través de una fórmula gastada que, si se piensa con cuidado, oculta un mensaje de asombrosas proporciones metafóricas.