Los frescos de san Antonio de La Florida fueron encargados por Real Orden de su Majestad Carlos IV a Goya en 1798 para decorar una ermita adscrita a la Capilla del Palacio Real y, aunque los críticos han vertido en el pasado un sinnúmero de disparates sobre la técnica y sobre el significado de estas pinturas, lo cierto es que en el contexto del encargo cortesano el pintor logra una obra maestra mediante un personal y absoluto dominio de la técnica al fresco. La imagen del milagro de San Antonio constituye una piedra de toque para analizar la actitud de Goya ante la pintura religiosa, quien nunca hace la misma un problema de fe o de escepticismo, sino una cuestión de lenguaje artístico. En definitiva, el genial pintor aragonés se mueve siempre en el ámbito propio de la pintura de su época, donde encuentran acomodo y expresión las nuevas