Al atrapar u imagen quimérica en nuestro interior, no sólo la contemplamos con los ojos cerrados, sino que además produce un estallido en nuestro interior, y nos estremecemos. Los cubos, triángulos, paralelepípedos, conos, esferas y cilindros que suponíamos meras conjeturas matemáticas se apoderan de nosotros, nos cimbran. De pronto, el acero nos trastor. El acero nos sacude. El acero nos mata. Han bastado sólo unos cuantos segundos para que la historia completa del universo -del Big Bang al presente- y la historia completa de nuestra especie -de la primera ocasión en que un homínido empuñó u herramienta al instante en que por primera vez se sintió atezado por la belleza de un incendio- se reproduzcan y renueven. El espacio se curva, la materia resplandece, el tiempo se detiene y el Homo sapiens contempla, imagi y se conmueve. Eter y majestuosa, la escultura de Sebastián nos contempla con la sere indiferencia de quien se sabe inmortal.