La cuestión de la mente (qué es y cómo funciona) ha fascinado por siglos a los pensadores, que desde los orígenes de la filosofía no han dejado de estrujarse el cerebro acerca de ella. De hecho, he aquí una gran pregunta imperecedera: ¿son el cerebro y la mente lo mismo? Y una más, derivada de ella: dado que no podemos examinar la mente o el cerebro sin emplearlos como instrumentos de nuestra indagación, ¿invalida eso los resultados de nuestro esfuerzo investigativo? La paradoja de la autorreferencialidadö se cierne sobre todo intento de entender la mente.áHay otras formas de formular esta paradoja, pero en su núcleo es básicamente una pregunta por la identidad, por el yoö. En la historia del pensamiento, la mente, el cerebro y el alma han sido tres formas clave de entender la esencia de una persona. Sin embargo, en esa tríada la mente ocupa un lugar especial. Mientras que el alma ciertamente perdió la importancia que tenía otrora para los filósofos y hoy es un concepto reservado al ámbito de la teología y la religión, y el cerebro solo se convirtió en una noción de uso común en tiempos relativamente recientes, menteö es un término de la lengua cotidiana (tener algo en la menteö) que evoca funciones superiores (reflexión, intelecto, imaginación). Los filósofos y los anatomistas, piénsese en Descartes o Leonardo da Vinci, intentaron muchas veces hallar conexiones entre las funciones motoras, los sentidos y el cerebro. Pero mientras el cerebro no es un motivo frecuente en la poesía, la mente sí.