México, en el siglo XVIII, es rico en posibilidades de desarrollo en varias facetas de su modo de ser. En parte su mucha riqueza, se deriva de conflictos en filosofas de gobierno en el imperio español, sufridos por la misma corona, más tarde México va a encontrar en estas indecisiones la falta de control y los incentivos para determinar su propio futuro. A lo largo del siglo, bajo una sucesión de reyes españoles y sus representantes en México (los virreyes y otros funcionarios administrativos), la colonia recibe el aliento para modernizarse e internacionalizarse, mientras recibe también el mensaje de rechazar estas influencias peligrosas para conservar valores españoles tradicionales. Con la llegada al trono en 1700 de Felipe V, el primero de una línea de reyes de la casa real de los Borbones, hasta la retirada de Fernando VII como prisionero de Napoleón en 1808, México se alterna entre estos dos dictámenes. Felipe V (1700-1746) y Fernando VI (1746-1759) traen a la corte en Madrid la política europea y la moda italiana, Carlos III (1759-1788) es notable por su régimen de despotismo ilustrado, aunque uno de sus decretos -la expulsión de los jesuitas de todos los territorios españoles en 1767- retrasa enormemente los progresos modernizadores en México, puesto que los miembros de la orden se encontraban entre sus líderes intelectuales. Carlos IV (1788-1808), según los consejos de sus primeros ministros y frente a los temores de que la Revolución francesa de 1789 afectase la paz en España, pasó por varios extremos: trató de resucitar la Inquisición para excluir las ideas francesas de la península y, a la vez, dio permiso para liberalizaciones tales como la vuelta a España de los jesuitas por un tiempo corto y la impresión de libros con ideas nuevas.