Cuatro escenas o variaciones de la misma escena, en un apartamento... en un set de televisión... en paisajes desolados de inundaciones y desiertos. Todo esto a la vez. Toda una metáfora de la destrucción final, o de las cíclicas y crueles destrucciones que se repiten como un eterno ciclo de la crueldad humana.áTextos históricos, relatos mitológicos, testimonios de masacres, y unos cuantos fragmentos de ´supuestos´ diálogos de pareja, forman el híbrido tejido de este viaje. La mujer lee, el hombre relata, la niña habla desde la muerte. Se escucha la historia directa, escueta, de masacres de todas las épocas. Los personajes, lectores y relatores del horror sin fin, viven en un paisaje apocalíptico y, como tal, se comportan mientras cumplen su función de ´contar´ y ´referir´. Lo que narran es ´verdad´, sucedió de verdad. Y el dolor de la ficción nunca podrá superar el dolor de la realidad... sin embargo, los set de televisión pueden siempre convertir en ´imágenes´ los sucesos más crueles, y de tanto verlas, contribuir a su desgaste y quizás al olvido. Por eso insiste el autor en el retorno a esa palabra testimonial y mítica, insiste en la lectura y el relato, como una empecinada empresa contra el olvido.