Hubo un momento en el que la verdad se escribía con mayúscula. Ha sido referente de la religión, la Ilustración, el imperialismo, el positivismo, el periodismo..., hasta de la publicidad. En contraste con aquella aspiración a una verdad objetiva y universal basada en algún tipo de evidencia, ahora nos conformamos con opiniones, sobre todo la propia. Elegimos lo que queremos saber: acudimos a unas páginas determinadas, unos grupos en Whatsapp y unas cuentas de Twitter donde la verdad "me gusta". Hemos creado trincheras personales, burbujas virtuales de realidad.