Ninguno existe de verdad. Yo lo he visto, no estoy bromeando. Parece que no tenía mucha prisa de crecer. Se había quedado tan pequeño que tenía que pararse de puntitas para alcanzar sus orejas. ´¡Ay, Dios mío! -decía su madre-. ¡ Qué le daré yo a este niño que abulta menos que una canica?´