Luz en Niburu que aun apagada iluminara el cielo sólo porque la llamamos luz, por ese poder del que nombra y convierte. Así se aparece lo imposible en los Jardines colgantes, con salmos que hacen reconocer auroras de oro al despertar la noche en el Éufrates, o con el silencio en el lugar donde el hombre era y ahora todo es olvido. Parábola de un tirano o un clamor al Dios de estrellas que no responde. Ahí donde no sólo el mar o el cielo, sino también el tiempo son azules, cuando el hombre es dorado por la alegría. Son todas estas imágenes entretejidas en las historias del hombre en cada hora sagrada, desde Mesopotamia y la crueldad de la guerra de los pueblos de ayer o de la ciudad de hoy, guerra santa y guerra inútil, sacrificio perdido de aquél cada vez más muerto de su propia vida. Y en esa confrontación de los dos hermanos ante la herida de la muerte, en la escena de Caín y Abel que se repite con hombres sin nombre, queda la reflexión del poeta.