Nada en el origen de José Saramago predecía a Saramago: pero todo estaba contenido en la estructura de la semilla, un germen al que el hombre, el ciudadano y el escritor han regresado permanentemente para vivir días inexplorados, reconocidos en el signo y la aventura del porvenir. Allí mana una energía moral constituyente, una suerte de raíz centenaria de la que brotan yemas de lealtad y, al mismo tiempo, de disidencia con los desvíos del error. También de trabajo, de infatigable insistencia en el oficio de ser y de escribir, de cumplir, rigurosamente, con la responsabilidad propia. El decurso paradójico de la vida de Saramago está gobernado por un secreto hilo de fidelidad a las convicciones, a la naturaleza que nos constituye, incluyendo, asimismo, los que nos han sido y, quizás, parte de aquellos para quienes se será. Tenacidad, coherencia, trabajo, confianza en lo imprevisible... sostienen el peso de su vigorosa figura literaria, intelectual y ética. Pero lo soporta también, y con consistencia, el brillo denso y expansivo del genio: el resplandor de una llama extrema y cegadora, que toma la forma de la fábula y la expresión inaugural. Una llama soñadora, pero intensamente humana, arraigada en la imaginación, en el mundo -sea la Historia, sea el tiempo contemporáneo- y en la razón moral. Vida de carne por vida de palabra, vida de palabra por vida de carne: cuerpo a cuerpo, porque, aunque la escritura no sea la vida -como ha manifestado el Premio Nobel distanciándose de cualquier mitificación romántica de la literatura-, en ocasiones las letras ofrecen una parte nada desdeñable de vida buena.