LA CRISIS DEL ANTIGUO REGIMEN Y LOS ABSOLUTISMOS

LA CRISIS DEL ANTIGUO REGIMEN Y LOS ABSOLUTISMOS

$ 610.00
Pesos mexicanos (MXN)
Sin Existencia, informes favor de llamar
Editorial:
SINTESIS
Año de edición:
ISBN:
978-84-7738-243-0
Páginas:
159
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Se tratará, por tanto, de dotar a esos conceptos de un contenido y de un significado que sean, a nuestro juicio, más acordes con la realidad y con el contexto histórico sobre el que operamos. Ese contexto histórico tiene unos límites temporales que van desde mediados del siglo XVII a finales del siglo XVIII: descifremos, pues, la razón de ser de esa centralización y de esa racionalización de las instituciones y mecanismos de poder. Busquemos el sentido de ambas como parte de un orden sociopolítico cuyas claves de interpretación no son desde luego, no pueden serlo, aquellas con las que definimos e interpretamos los Estados liberales posteriores a la revolución. Así, pensarla crisis del Antiguo Régimen en positivo puede tener, además, resultados en principio paradójicos en relación con lo que antes planteábamos. Es decir, si además de quiebra y declinar de las viejas estructuras, encontramos claros propósitos de reordenación, de mantener el statu quo introduciendo novedades, y no sólo en el orden político, quizá esta reorientación ´positiva´ de procesos previos sí que nos sirva como puente de unión entre el viejo y el nuevo orden. Ello no significa, sin embargo, -y aquí se resuelve la aparente paradoja- que prácticas supuestamente idénticas no tengan significados diferentes en cada uno de esos órdenes. En síntesis, lo que podríamos llamar el discurso de la discontinuidad, que es el que asumimos desde los principios epistemológicos de reduccionismo y convencionalidad, no implica sostener una percepción simple de las rupturas. Queremos, por el contrario, subrayar su complejidad porque complejas son las realidades históricas sobre las que opera. Por tanto, la idea de continuidad la reemplazamos por la de ruptura, pero no una ruptura que hace tabla rasa con el pasado. Se trata, por el contrario, de un momento de inflexión del proceso histórico, en el que se hace necesario un decantamiento de posiciones, no siempre evidente y nítido, como tampoco definitivo, por parte de las distintas fuerzas e intereses en conflicto. Desentrañar dicho litigio y hacerlo comprensible es algo que compete al historiador, pero sin hacer uso de una racionalidad burdamente retrospectiva, de cuyos peligros ya nos advirtió en su día Foucault (1985), y que tanto se asemeja a la metáfora del nombre del asesino que describiera Giovanni Levi.