Lo moderno en la historia de Occidente -o en la historia de las responsabilidades de Occidente- alcanza desde la peste de 1347-48 a Somalia 1993. De Tomás de Aquino a Freire, de la Universidad a la Universidad, del fin del Quiliasmo al final del Progreso. De las escuelas de la New York del Trecento, Florencia, a la desarticulación de los sistemas educativos en los países protoindustriales históricos, tipo los latinoamericanos... Una argumentación de tal guisa, a base de arrebatos líricos, es posible porque la Modernidad es una creación ideológica surgida en media docena de países -probablemente los mismos que constituyen el gran foro económico mundial actual, el llamado Grupo o Club de los Siete- y sustentada por los aparatos de educación y propaganda desarrollados al amparo de las dos Grandes Guerras del siglo XX. Lo Moderno es también una estadística insoslayable, la del desarrollo capitalista y la de un inventario selectísimo de grandes creaciones del espíritu humano. Ahí la educación, la escuela, tiene su hueco y su asiento, en el proceso de extensión de la Ilustración a contingentes extensos y amplios del género humano, de la población mundial. Cuando el historiador de la educación -es decir, de la cultura- habla de educación moderna tiene ante sí y sobre sí la tradición de Occidente y la necesidad de establecer hiatos y elegir y decidirse por una filosofía de la Historia y hasta por una coartada histórica: los grandes historiadores del tránsito del imperialismo al Estado Democrático y Social de Derecho, los intelectuales desaparecidos -hechos desaparecer por- del fascismo, el nazismo y el franquismo dejaron testimonio de su descubrimiento: la historia no es progreso moral, no ha significado un camino seguro desde las viejas verdades del arcano de Occidente.