Los lÃmites, dice Michael Shermer, son una ´frontera trazada en la geografÃa del conocimiento´, pero no siempre, ´ni siquiera con frecuencia´, está claro dónde hay que ponerlos. No es fácil determinar si una teorÃa novedosa, quizá revolucionaria, debe admitirse en el seno de la ciencia o considerarse pseudociencia. Criterios que deberÃan ser puramente objetivos se rigen demasiadas veces por la moral, los prejuicios y el conservadurismo. ¿No fue herética en un principio la cosmovisión de Copérnico? Entonces ¿por qué llegarÃa a integrarse en el corpus ortodoxo de la ciencia? ¿Hay que dejar de investigar la clonación porque es como jugar a ser Dios? ¿Por qué un cientÃfico como Alfred Russel Wallace, codescubridor del principio de selección natural, cayó en brazos del espiritismo? ¿Cómo pudo un fraude como el de los restos del supuesto homÃnido de Piltdown encandilar a los más ilustres paleontólogos de la primera mitad del siglo XX? Las fronteras de la ciencia describe la delicada tensión ´entre el cientÃfico y el poeta, el filósofo y el artista, el pragmático y el visionario´ que siempre es necesaria para hacer ciencia, en un recorrido heterogéneo, repleto de ingeniosos apuntes biográficos, históricos y psicológicos.