Hace ahora unos treinta años que el mundo de la perfumería quedó conmocionado por la aparición en el mercado del cromatógrafo de gases. En todo tipo de reuniones, conferencias, discusiones en mesas redondas y conversaciones privadas, surgieron apasionados debates centrados en dilucidar si este instrumento analítico, por su enorme capacidad para simplificar la separación de materiales volátiles en mezclas complejas, podría llegar a convertir al perfumista en algo superfluo.áLa agitación inicial pronto quedó atenuada, para dejar paso a la convicción de que el cromatógrafo de gases, si bien muy útil para el químico analista y para los controles de calidad, no tendría apenas repercusión alguna sobre lo que es el trabajo del perfumista en esencia, es decir, la creación de perfumes.áHoy resulta cada vez más evidente que esta segunda reacción de no pasa nadaö estaba tan equivocada como en su momento lo estuvo la de pánico inicial. Porque la realidad es que, gradual pero inequívocamente, el cromatógrafo de gases -que pronto fue ampliando su nivel de eficacia resolutiva por la incorporación sucesiva de las columnas capilares, el espectrómetro de masa y las técnicas cuantitativas de análisis de espacios de cabeza- ha transformado profundamente el trabajo cotidiano del perfumista.