El exilio ha sido, desde los tiempos de la dominación colonial, un severo mecanismo regulatorlo empleado por los gobiernos latinoamericanos ante su incapacidad de crear modelos de participación verdaderamente plurales e inclusivos. La política del destierro y el exilio en América latina inaugura nuevas rutas teóricas y líneas analíticas para la agenda de investigación, tanto retrospectiva como prospectiva, sobre esta modalidad de la intolerancia política, contribuye también a ampliar los estudios de la emigración como práctica de exclusión informal de ciudadanos que se sienten amenazados por vivir en países que sufren disrupciones graves por factores socioeconómicos, étnicos, demográficos y de seguridad.áUn aspecto clave en el análisis realizado por Mario Sznajder y Luis Roniger es la naturaleza paradójica del destierro: los países expulsares de sus propios ciudadanos pueden convertirse, al mismo tiempo, en lugares de acogida para otros que huyen de sus propios regímenes o de los conflictos que los aquejan. Por si fuera poco, este tipo de exclusión política, a menudo un fenómeno de élites intelectuales, ha propiciado en nuestras latitudes la diseminación de personajes e ideas que han contribuido ala configuración de las naciones que albergan a quienes no hallan el modo de prosperar en su propia tierra.áRetomamos aquí las palabras de Pablo Yankelevich, investigador de El Colegio de México, quien nos recuerda que es necesario desterrar el destierro de nuestras latitudes, pues la privación fundamental de los derechos humanos se manifiesta en primer lugar y por sobre todas las cosas en la privación de un lugar en el mundo.