Acompañar a Pier Paolo Pasolini, una de las miradas más interesantes, mordaces y sensibles del siglo XX, a lo largo de un viaje por la Italia costera es un lujo. Un lujo, en este caso, convertido en libro. Su Italia es ese territorio poblado de camareros con chaqueta impoluta, verbenas de pueblo, muchachos escapados de una vasija antigua, paredes desconchadas y actrices tostándose a la orilla del Tirreno. De Ventimiglia a Trieste y al volante de un Fiat Millecento, el artista juega al común espejismo estival detener la rutina para disfrutar el ideal del verano, para empeñarse con todas las fuerzas en ser felices, y por lo tanto para serlo realmente. Pasolini, viajero, no ignora aquella verdad escuchada en las barandillas de Taranto. Ahora eres un dios para nosotros, porque eres forastero, luego, si te quedas aquí cuatro o cinco días, ya no serás nada. Duda entre el silencio del que observa en busca de la imagen redentora y la charla fácil de taberna, y entre dudas logra trazar el mapa.