En toda esta selección de artículos, la vena satírica de Larra parece interminable cuando habla de lo característico de la España de su tiempo: machismo, burocracia, estafa pública, usura, insulsez y vaciedad de la prensa, falta de crítica, presunción chovinista, incivilidad y un sinfín de defectos más que le arrancaban lo mismo la burla que el desprecio. Pero Larra no hace solamente una crítica del momento, él defiende una visión y un orden de ideas que buscaban la salida a un ambiente gris y confuso. Si el gobierno y la política, las corrientes ideológicas, las costumbres y las pulsiones sociales marcaban los tortuosos caminos de indecisión, confusiones y tergiversación de los frágiles valores en la sociedad, era entonces necesario despedirse de sus glorias y sus triunfos centenarios. El paso fugaz pero intenso de este joven escritor fulguró como una chispa incandescente en la que él mismo terminó por consumirse. Entre la ilustración y el romanticismo, su sátira se orientaba al cambio de una sociedad incapaz de cortar el nudo gordiano de su decadencia. Una crítica que no dejaba de sonar a lamento y queja: ´¡Ventajas inmensas todas de haber hecho las cosas a medias, cuando hubo coyuntura de hacerlas por entero!´