Lo que en un adulto puede verse como mera evasión de la realidad, para el niño es un tránsito cotidiano e intermitente hacia los terrenos de la imaginación, donde lo que en la vigilia resulta opresivo pierde, como los astronautas que salen de la Tierra, todo su peso, mientras que otros problemas adquieren las dimensiones colosales de un colchón que nos ataca a menos que lo desintegremos con un chorro de orina. Para muchos, la misión del teatro infantil consiste en derivar al público hacia ese territorio puramente imaginativo; Carlos Corona, en cambio, considera tan importantes los sueños (y ensoñaciones) de su protagonista como la vigilia que les da origen: de la tensión entre ambos surge la posibilidad del drama. La realidad de Paco es como la de tantos niños que viven el divorcio de sus papás con aparente indiferencia; lo peculiar radica en la manera en que el personaje se desliza entre dos paradójicos universos en colisión: el imaginario, que, aunque parecería el de carácter más íntimo, está determinarlo por los referentes de los medios masivos; y el de la realidad familiar, que es el verdaderamente privado pues representa algo de lo que no se quiere, o no se puede, hablar.áLos sueños de Paco pone de manifiesto que la función del teatro como altavoz, como espacio para externar los miedo, y pensamientos más privados, no está reservada para quienes han alcanzado la mayoría de edad: ver retratada sobre el escenario la realidad que lo oprime resulta una experiencia igualmente gozosa y necesaria para el espectador infantil.Fiavio González Mello.