El fuego, viejo símbolo de renovación y destrucción, cumple esta doble alegoría en su relación con las plantas. De forma controlada, como herramienta agrícola necesaria para preparar el terreno para nuevas siembras o renovar los pastos, o de forma incontrolada, como incendio que transforma o destruye, el fuego ha tenido o tiene relación con la mayor parte de zonas de vegetación de la tierra. En los últimos cien años el uso del fuego e la agricultura ha disminuido en los países industrializados, pero como contrapunto, a medida que se han reducido la población activa agraria y los aprovechamientos forestales, los incendios de biomasa se han incrementado. En los países menos industrializados, el uso del fuego como instrumento para potenciar o reducir la vegetación sigue siendo una práctica necesaria por su bajo coste.