El silencio de todos, a la larga, es peor que estar muriéndose, quizás peor incluso que la esperanza, dice la protagonista de esta novela hermosa y terrible, que por momentos recuerda los poemas de César Vallejo, los monólogos dramáticos de Robert Browning o las ficciones feroces de Herta Müller. Un sencillo y solitario efecto especial las páginas sembradas de equis, manchadas de cruces transforma la lectura en un incesante parpadeo doloroso. Los lectores vacilamos, cambiamos de posición, aventuramos interpretaciones obvias o sofisticadas o caprichosas, y desconfiamos de los trucos tal como Nancy desconfiaría de unos desconocidos que de pronto parecen demasiado interesados en escucharla. Inventario de abandonos y abusos, inevitable diario de muerte y de rodaje, diatriba contra la domesticada pasión religiosa (papá tonto se convirtió, así, en papá santo, dice Nancy acerca de la conversión de su padre al mormonismo), y amarga colección de poesía involuntaria (por qué el cáncer no es así, por qué no se evapora como las palabras o los cigarros), esta extraordinaria novela trasciende ampliamente la denuncia y el ejercicio de estilo, y avanza hacia un realismo nuevo, inesperado, disidente. Alejandro Zambra