Para Claudio Fratta, prestigioso arquitecto paisajista, el pasado es una carga que domina su presente y paraliza su futuro, un peso abrumador donde se mezclan la culpa, la incomprensión, la ira y el ansia de borrar lo sucedido y volver al punto de partida. Entregado a una vida solitaria, además del soplo de vida que le aportan sus sobrinos y de la compañía de su fiel ayudante Witold, Claudio se aferra al ejercicio de su profesión, como si en cada uno de los jardines que proyecta intentara sustituir el desorden natural de las cosas por un orden impuesto que le permita controlar la azarosa realidad. De ahí que, cuando recibe una llamada de Elisabetta Renal para encargarle el diseño del jardín de la finca familiar, Claudio no duda un momento. Al otro lado de la línea telefónica ha reconocido la voz de la mujer a la que en una ocasión socorrió tras un accidente en un aparcamiento de supermercado en el que ambos tenían oscuras razones para estar involucrados.