Después de treinta años como profesor en Cambridge, v habiendo culminado ya su carrera científica, en 1696 Isaac Newton aceptó el cargo de intendente de la Real Casa de la Moneda en Londres, a pesar de no tener la menor experiencia en este campo. En un momento en que la guerra contra Francia estaba desangrando el Tesoro británico, era importante contar con una moneda firme y a tal electo el primer enemigo a combatir eran los falsificadores. Newton descubrió, en efecto, que una de cada diez monedas que circulaban era falsa. En plena crisis económica, rodeado de especuladores y funcionarios incompetentes y corruptos, tuvo que hacer frente además a un enemigo muy particular: William Chaloner, un farsante nato que, antes de dedicarse a la falsificación a gran escala, había sido fabricante de juguetes eróticos, curandero, vidente, delator profesional, aprendiz de orfebre y de grabador. En Newton y el falsificador, Thomas Levenson reconstruye el duelo entre estos dos hombres de un modo apasionante, combinando la divulgación histórica y científica con la narración criminal y descubriéndonos la faceta desconocida de Newton como detective.