El tiempo me ha enseñado algus astucias: eludir los sinónimos, que tienen la desventaja de sugerir diferencias imagirias, eludir hispanismos, argentinismos, arcaismos y neologismos, preferir las palabras habituales a las palabras asombrosas, intercalar en un relato rasgos circunstanciales, exigidos ahora por el lector, simular pequeñas incertidumbres, ya que si la realidad es precisa la memoria no lo es, rrar los hechos (esto lo aprendí de Kipling y en las sagas de Islandia) como si no los entendiera del todo [...]. Es curiosa la suerte del escritor. Al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es da, sino la modesta y secreta complejidad.