La noticia saltó en las pantallas del ordenador aquel 24 de mayo de 2000: ?El periodista español Miguel Gil, cámara y productor de APTV, y el estadounidense Kurt Schork, muertos en una emboscada en Sierra leona, en la encrucijada de Rogberi, a 80 kilómetros de la capital, Freetown.? La muerte había unido en remotas tierras de áfrica a dos grandes amigos y dos grandes corresponsales de guerra. Se hubiera dicho, tras salir vivos durante años de toda suerte de amenazas, que eran inmortales. La noticia corrió como el rayo por las redacciones y conmocionó a todos, tirios y troyanos, en mayor medida a los que conocieron y quisieron a Miguel Gil, > los que compartieron con él los riesgos de informar sobre el terreno desde Bosnia o Kosovo, Chechenia o los peligrosos e imprescindibles conflictos africanos. Miguel y Kurt pertenecían a la categoría que el corresponsal de guerra francés Paul Marchand, que fue herido en un mano a mano en Sarajevo, llamó de los brothers, , los hermanos: siempre hacían la pregunta extra, se la jugaban, recorrían un kilómetro más para conseguir la historia. Los ojos de guerra > es el resultado de esa emoción compartida sin excepciones por los que trataron a Miguel > el de la mirada limpia, honrada y modesta, los que vieron sus reportajes, ?historia del instante? los hubiera llamado Ernest Hemingway o ?el primer borrador de la historia?, como los definiría el británico James Cameron, La tribu, insolidario a veces, reaccionó al unísono, por que Miguel, > que llegó a Sarajevo desde Barcelona en una moto de trial, sin un duro en el bolsillo, para empezar como chófer y chico de los recados, era indiscutible, incuestionable como corresponsal y como persona. Afligía el poderoso y confortaba al afligido. Respondía punto por punto a la definición hemingwaiana del coraje físico y moral, ?el estado de gracia bajo presión?. Aquí se explica por qué, cuando, dónde o cómo murió Miguel Gil, >un ejemplo ético para todos. Es el punto de partida, porque un libro sobre cultura de los corresponsales de guerra hubiera quedado chato, cojitranco, sin contar o reflexionar sobre lo que ha sido ayer y lo que es hoy el hecho de informar desde los puntos calientes de la Tierra. Este es también, por extensión, un libro sobre los corresponsales de guerra, sobre su historia e intrahistoria, arropado en textos reveladores, recuerdos de primera mano de algunos de los grandes conflictos que han asolado el mundo en el siglo XX, las raíces y el porqué de la profesión, sus enemigos, la mentira, la ocultación de la vedad, la censura o autocensura, los intereses económicos o políticos, los peligros, la masificación de la cobertura (2.700 periodistas hacinados en Kosovo), el sometimiento a las reglas del juego de los militares, el diktat de las grandes cadenas de televisión y las primeras agencias de noticias, las guerras virtuales, que como señala Michael Ignatieff son ?victorias virtuales?, las avalanchas de imágenes entre anuncios de lavadoras o desodorantes, que explican poco o nada, los estragos de la competencia en una situación límite (¿murió Miguel por esa causa?) Desde la carga de la caballería ligera en Crimea, que dio celebridad al primer corresponsal civil o el más conocido, William Howard Russell del Times de Londres, hasta Miguel Gil en los ya citados escenarios de guerra, o las últimas páginas de una antología de textos sobre Kosovo, Ruanda o Afganistán, se recoge parte de lo esencial. Aquí son todos los que son pero tal vez, aunque lo hayamos intentando, no estén y todos lo que son. Es una muestra amplia de un largo y extendido abanico de 70 reporteros a los que agradecemos su contribución a Los ojos de la guerra. Esto es lo que nos han enviado, compartamos o no algunos de sus puntos de vista. Ninguno de ellos ha querido cobrar por su trabajo, u gesto que sin duda hubiera complacido a aquel compañero catalán de altas miras, enamorado de la verdad, generoso y desprendido que se llamó Miguel Gil Moreno de Mora > El dinero recaudado por Los ojos de la guerra servirá para convocar un premio periodístico que llevará su nombre.