Hace frío. El viento que riza la superficie del mar, bruñe sin descanso la cubierta del buque. Desde el timón hasta el bauprés, ahora todo está en calma. Sólo se escuchan las órdenes de maniobra y rumbo que desde lo más alto de la cubierta de la galeaza dicta el capitán al maestre y éste, al piloto. Exhausto y malherido, el artillero Martín Molina oye las órdenes, que se le antojan lejanas, y contempla, incrédulo, el espectáculo de muerte y desolación que le envuelve. Apenas siente su brazo derecho, el que estaba más cerca del cañón cuando estalló, cansado de escupir piedra y fuego, pero ha tenido más suerte que su grumete, que yace muerto junto a la cureña astillada. El olor es por momentos insoportable, le rodea y sube hasta su nariz desde las rendijas de la madera. Bajo sus pies, el barco respira, sucios pulmones de la atestada y hedionda cámara de los galeotes, muchos de los cuales también han perecido tras las andanadas más certeras, grasa, sudor, sangre y toda clase de inmundicias se mezclan con un intenso y picante olor a pólvora que desgarra, doloroso, la tráquea del joven artillero. Inconscientemente, traga saliva. Desde la noche de los traidores brulotes, frente a la costa francesa, el miedo le acompaña. El, un curtido hombre de mar de la escuadra napolitana, nunca se había sentido en verdadero peligro, al menos no en la cubierta de un buque de la armada de Su Majestad, quizás en alguna refriega por unas buenas caderas a la puerta de cualquier taberna. El acero de un hábil oponente puede volverte de pronto cobarde por defender tu vida y temeroso ante Dios. El agudo chillido de un marinero mutilado le devuelve bruscamente a la realidad. Si pudiera contarlos Martín sabría que los muertos lo son por docenas, entre ellos el cirujano-barbero. A los heridos más graves no les quedan muchas esperanzas, un cielo triste y gris, inacabado, anuncia su mortaja. Ve pero apenas oye. Sus castigados oídos sólo perciben como un siseo el rítmico batir de las olas contra el casco del barco. Se diría que escuchan hacia adentro, quizás sus pensamientos, sus temores, y el intenso tamborileo de su corazón. Horas de carga y explosiones de cañones, pedreros y culebrinas, arcabuces y mosquetes, le han dejado aturdido como a cuantos aún permanecen en pie, casi cuatrocientos de los seiscientos vivos unas horas antes. La mayor parte reza con el capellán y agradece a Dios su precaria salvación. Los menos contemplan los jirones de lo que antes era la soberbia arboladura, carne arrancada de las desolladas velas. Para fortuna de los vivos, los tres palos aún permanecen erguidos. Sólo unos pocos, todavía aterrados, buscan al enemigo protestante y observan el horizonte contra el viento, desde lo alto del castillo de popa. El Canal de la Mancha y la flota inglesa se alejan, y dejan paso al Mar del Norte. Una vía de escape nada honrosa y desde luego inesperada para la orgullosa gente de mar y de guerra de la Armada católica, forjada en la victoria). el implacable abordaje.