Romper los frágiles hilos que sostienen la vida cotidiana puede ser perturbador. Quizá tanto como Mendoza, personaje cuya amistad lleva a Ernesto hasta la delgada línea entre lo posible y lo improbable. Una crisis, una huida, el Museo de cera de la ciudad de México (¡si, el Museo de cera!... ese espacio confrontador), un casi Frankestein de la colonia Condesa y, sin más, el reconocimiento de los fantasmas del pasado, cuya visión lleva al protagonista a un viaje sin retorno hacia el misterio más inexpugnable: él mismo.