Ciento dieciocho islas, ciento sesenta canales, cuatrocientos puentes: pocos pero suficientes datos para caracterizar a una ciudad que ha alimentado siempre los sueños y las fantasías del imaginario colectivo, una ciudad que ha sido pintada, fotografiada, descrita, narrada, sin revelarse nunca completamente. En Venecia, ambiente natural y obras arquitectónicas se compenetran profundamente, se funden en una realidad única, creando una ciudad sin par, inconfundible. El aspecto de Venecia, que altera las habituales normas de urbanística y los más consolidados modos de vida, no es fruto de un desarrollo libre, sino que debe su razón de ser a los acontecimientos históricos. Los islotes y los terrenos anegadizos de la laguna eran entonces zonas lóbregas y traidoras, y precisamente por ello constituían un refugio seguro. Entre los siglos V y VII d.C., las poblaciones de la tierra firme, presionadas por el avance de Visigodos, Hunos y sobre todo de Longobardos, se refugiaron en las islas laguneras. Al principio, las islas se sometieron a la autoridad bizantina, pero pronto consiguieron la autonomía. En el siglo IX, los habitantes de las islas establecieron su capital en la isla de Rialto, que se encontraba en una posición central más fácil de defender, y allí, en el siglo sucesivo, se formó el núcleo de la civitas, centro de las actividades económicas. La ciudad logró en poco tiempo una notable prosperidad económica debida a los tráficos mercantiles en el Mediterráneo. Los mercantes venecianos tenían el monopolio del Adriático, gozaban de privilegios en todo el imperio de Bizancio y en Oriente en general. De estos continuos intercambios con la cultura bizantina, el testimonio más ilustre es la basílica de San Marcos, cuyo esquema imita el de la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla. Con la participación en las cruzadas, Venecia amplió ulteriormente su área de influencia, y con la cuarta cruzada sus colonias comerciales se convirtieron en dominio territorial de la ciudad.