Pintar un paisaje puede parecer mas fácil, o de todas maneras menos dificultoso, que pintar un desnudo o un retrato. Sin embargo, en este caso también hay que resolver algunos problemas, tanto específicos como comunes a toda la pintura. El paisaje, concebido como tema exclusivo o predominante de un cuadro, es afrontado por primera vez durante el Renacimiento, y por cierto no es casualidad que justamente en aquella época se hubiesen descubierto y codificado desde hacia poco las leyes de la perspectiva. En efecto, un elemento especifico del paisaje es el espacio, es decirla relación que existe entre los diferentes volúmenes del cuadro, o sea -en definitiva- el sentido de profundidad dado por una perspectiva justa. A ello contribuye, ademas de la perspectiva lineal, la perspectiva aérea, llamada también perspectiva del color, nosotros nos detendremos aquí en esta última, mientras que para la primera invitamos al lector a consultar el álbum N.5, dedicado precisamente a la perspectiva dibujada. En resumen, los colores tienen una dinámica propia que el pintor aprende a conocer y aprovechar con la práctica, dicha dinámica -como nos ha enseñado el Impresionismo- está siempre relacionada con el problema de la luz. Luz y color son, en el fondo, la misma cosa, como podemos constatar observando un paisaje de arboles y prados, con colinas que cierran el horizonte, donde el suavizarse paulatino de los tonos a medida que nos acercamos al fondo tiende a dar la impresión del aire que circula,y el neto azul de las colinas acentúa la luminosidad del cielo. Todo ello, si el paisaje se ha pintado bien y el autor ha logrado plasmar una cierta ´atmósfera se produce de forma natural.