Inmóvil, Cecilia permanecía tumbada en el sillón junto al escaparate, bajo una estantería de adornos católicos kitsch pintados con spray, mientras algunos de sus siempre presentes apóstoles se congregaban con paciencia al otro lado de la calle. En la distancia se oía una marcha fúnebre. El lúgubre zumbido de las trompetas se acercaba a la par que la aguja que estaba a punto de penetrar en su piel inmaculada...