Había una vez un rey que era el más feliz de los hombres. Su reino vivía en paz y sus súbditos lo querían. Su esposa era tan bella como virtuosa y su hija, tan espléndida como la madre. Ese rey poseía en sus establos un asno al que tenía un cariño especial, pues, en lugar de manchar la paja donde dormía, tenía la singular virtud de cubrirla de monedas de oro.