El ser humano del siglo XXI se involucra cada día más en la mejora de su entorno, en ámbitos como el social, económico, educativo y hasta cierto punto en lo político, o al menos eso parece de acuerdo con la actividad que se registra en las redes sociales. Esto, en teoría, debería ser un impulsor para generar un tipo de ciudadanos más comprometidos y participativos, que logren ejercer su verdadero poder, el democrático, y que a la vez se concienticen de manera permanente en la transformación de la cultura jurídica, política, económica y social de una comunidad, región o país, manteniéndose en tal estatus a través de la educación continua y la amplia participación colectiva.áEn esta obra se reflexiona sobre la necesidad y pertinencia de la construcción del ciudadano evolutivo como piedra angular del poder democrático, que exija gobiernos más sensibles y comprometidos con el bienestar de la ciudadanía, pero que a la vez permanezca instalado en el terreno de la corresponsabilidad, erradicando cualquier dejo de paternalismo gubernamental. Es decir, se trata de un individuo más demandante de sus derechos, al estar racionalmente informado, pero a la vez más responsable de sus obligaciones. La simulación en él no tiene cabida y, por ende, la cultura de anticorrupción constituye la columna vertebral del pensar, del proceder personal y colectivo del ciudadano evolutivo.