La muerte deja recuerdos, sueños, anécdotas, risa y llanto, la muerte deja un espacio, un momento. Se lleva la vida y en cambio no la termina, se lleva el momento para convertir el día en tiempo, se lleva la sonrisa para convertirla en añoranza y el recuerdo lo hace anécdota, la muerte deja un lugar en la mesa, un sillón preferido, un reloj, una cama y un par de zapatos. Aprendemos a distinguir la noche del día, la hora y el instante, aprendemos de momentos y de historias, de ideas y palabras, pero nunca aprendemos tanto como cuando perdemos a un ser amado, no aprendemos el sentido de la vida sin antes conocer el sentido de la muerte, no sabemos de la brevedad de los instantes hasta que nos encontramos en el tiempo detenido, no sabemos de la compañía hasta que vivimos la soledad y no sabemos del amor hasta que construimos sobre lo perdido. La muerte deja la experiencia de quien se ha ido, deja su canto y su risa, todo el tiempo, en todos los lugares, en todas las personas está presente, la muerte deja una sombra porque se lleva el contenido del espacio, deja un recuerdo porque se lleva la historia, deja tristeza porque se lleva la alegría. Y sin embargo, lo único que queda del día es la vida. Es sencillo aceptar este final, lo que no es así de fácil es comprender que alguien a quien se ama se marche para siempre, saber que se tiene que continuar, que se debe, pero no se quiere y a veces no se puede, decir adiós.